viernes 29 de agosto de 2008

Volantes


Dos volantes de la FURN. El segundo fue el acto de cierre de la campaña de la fórmula Perón-Solano Lima en La Plata que está detallado en el libro. Para los que lo leyeron, se trata del acto al que se convocó con la grabación de la propaladora, tal como se transcribe en la historia.

La Furn movilizada

Uno de los tantos documentos que se conservan sin referencia del hecho que registran. Esta fotografía que muestra a militantes de la Juventud Peronista agrupados en la Furn no tiene fecha ni datos sobre el acto en que fue tomada. Sería muy oportuno saber qué acto fue, así como conocer los nombres de los militantes que aparecen. Tal vez algún lector pueda aportar esta información.

Libreta universitaria

La vieja libreta universitaria de la UNLP perteneciente al militante de la Furn, Daniel Sendín.

El comedor universitario

Por suerte y con un poco más de tiempo, llegó la hora de cumplir nuestra promesa de subir las imágenes que no entraron en el libro.
El comedor universitario fue muy importante para la historia de la UNLP de los años 70. Por eso, reproducimos (gracias a la colaboración de Graciela Arabia) este ticket que los estudiantes utilizaban en el comedor. Como se ve, el encargado de mostrador les marcaba el almuerzo y/o la cena de cada día. ¿Seguirán utilizando el mismo sistema ahora? ¿Alguno tendrá alguna anécdota para comentar?


sábado 7 de junio de 2008

Respuesta de Christian Boyanovsky Bazán, coautor de Setentistas, al historiador Roberto Pittaluga.

“Hay un fusilado que vive”. A esta altura, recordar la afirmación que motivó a Rodolfo Walsh a comenzar la investigación que concluyó en Operación Masacre (1957) es un lugar común, como lo es también recordar que un par de años más tarde, en Estados Unidos, Truman Capote se dejó fascinar por la historia detrás de los asesinatos de Holcomb. De su investigación resultó A sangre fría (1965), su obra cumbre. Lugar común o no, todavía se discute cuál de ambos es el verdadero iniciador del género de novela de no ficción. Más allá de eso se podría pensar que la producción periodística que siguió a estos dos precursores fue una mezcla de ambos. Al menos en América latina, autores como Gabriel García Márquez, y más cercanos, Miguel Bonasso, Eduardo Anguita o Martín Caparrós, lo demuestran.
El trabajo de investigación periodística Setentistas (Sudamericana, 2008), busca encaminarse por la senda de esos maestros, de quienes apenas pretendemos ser discípulos.
Este estilo de narración utiliza el recurso de la novela, la construcción del testimonio en forma de relato y el uso de los diálogos para atribuir declaraciones a sus protagonistas. La diferencia con la ficción es que las situaciones y dichos recreados están respaldados por una investigación periodística, sobre la base documental y testimonial.
Con ánimo perfeccionista, se fue tomando prestado a las ciencias algunas cuestiones metodológicas. Primero, de forma. La nota al pie y la cita bibliográfica, la enumeración de fuentes, etc. Luego fueron herramientas prácticas de la investigación como el desarrollo de hipótesis, recorte del objeto de estudio, constatación de datos. No es casual que los variados estudios de posgrado en periodismo, surgidos en la última década, incluyan en sus programas materias de metodología científica y exijan para promocionarse la presentación de una tesis bajo las pautas de las Ciencias Sociales.
No obstante, en su análisis acerca del abordaje de la historia reciente, la militancia de los setenta y la existencia o no de ciertos rasgos de esa militancia en el estilo de gobierno kirchnerista, en su artículo “Volver a los setenta” (Ñ 24 de mayo, págs. 12-13) el profesor licenciado en historia Roberto Pittaluga remite a Setentistas para demostrar ciertos errores metodológicos. Aunque sus afirmaciones no solo no son corroboradas en su propio artículo, sino que lo conducen a apelar a los mismos vicios que denuncia. Dice el profesor: “Mucha de la producción testimonial ha circulado en relatos pensados para ser leídos como novelas, sostenidos en la hibridez enunciativa que yuxtapone narrador y testigos, donde incluso se ‘inventa’ una voz a quienes no pueden testimoniar porque ya no están (como es el caso del libro Setentistas).”
Afirma que se inventaron las voces de quienes no pudieron testimoniar, y eso además de dirigir la opinión de quienes aun no leyeron el libro, es falso. Entendiendo por voces a las declaraciones y acciones que eventualmente se recrean en pasajes del relato; las voces de quienes “ya no están”, eufemismo de quienes están muertos, fueron rescatadas en base a decenas de documentos y testimonios de entrevistados que prestaron su propia voz, debidamente detallados en las páginas finales.
Ahora bien, Pittaluga dice “inventan” utilizando comillas. Las comillas siempre refieren a una cita. Su aplicación secundaria para dar un valor enfático o sentido duplicado a la palabra no es otra cosa que el refugio de quien escribe para insinuar un concepto, sin tener el coraje de utilizarlo en toda su dimensión. Más allá de este miedo al significado, no puede desconocer Pittaluga que tal ambigüedad pone en duda la veracidad de los textos a los que alude.
Si lo que reclama es academicismo historiográfico y epistemológico, este trabajo no lo tiene. Pero la ausencia de un valor académico, jamás insinuado ni buscado, no le quita valor testimonial. Es decir, no lo priva de veracidad.

Militantes todos
Pittaluga descubre un lugar común “que afirma la existencia de una relación al menos empática entre el actual gobierno y la militancia política de los años setenta” y llama a esta consigna el “punto de partida” del libro.
Más que sostener el hecho de que ciertos rasgos del kirchnerismo tendrían sus raíces en los setenta, el libro demuestra cuáles son esas raíces, de qué manera y entre quienes se constituyeron, bajo qué ideas y con cuáles actos. Es la recreación concreta de un período histórico, y el hallazgo periodístico de que muchos de aquellos protagonistas hoy ocupan lugares estratégicos del poder. Pittaluga elige omitir la base sustancial de Setentistas, la que atraviesa la mayoría de sus 450 páginas, que es el relato de la experiencia militante de un colectivo determinado. Pero bueno, no será la primera vez que un trabajo es criticado a partir de la contratapa, la introducción, o el comentario de terceros.
Reavivar las viejas discusiones entre las organizaciones que apoyaban o no la lucha armada, y discernir si a unos cabía más el cetro de militante ejemplar que a otros, no es una discusión planteada en Setentistas. El libro es claro en acotar su relato a la experiencia peronista —sobre todo la platense— ligada a la consigna armada, ya que es Montoneros la organización que acaba liderando todo ese gran movimiento llamado “Tendencia Revolucionaria”.
El libro tampoco apela al reduccionismo militancia armada/militancia no armada. Porque, en todo caso, la militancia armada y su ulterior “lógica política binaria y excluyente” (Pittaluga dixit) es el resultado, también de un proceso de militancia, cuya vocación no nació necesariamente del afán por empuñar un fusil.
Setentistas decididamente refleja cómo se dio ese proceso. No hace falta ser un eximio analista para encontrar los anclajes entre ciertos patrones de la militancia peronista de los 70 y los Kirchner de hoy, sin dejar de considerar que las prácticas de los 80 y 90 también hayan contribuido a su formación, para bien o para mal, aunque esta es materia de otro libro cuya aparición celebraremos.
Aquí la afirmación de Pittaluga se da de bruces contra una pintada reciente de “Perón vuelve”. Aquello que llama “lugar común”, con ánimo descalificatorio, por tal no deja de ser cierto.
Volviendo al método narrativo novelado y sus problemas metodológicos, dice Pittaluga: “Si bien esta modalidad expone la estructura dual del testimonio, al mismo tiempo priva al lector del acceso a las entrevistas, principal base documental de muchos de estos textos y terreno donde se juegan las tensiones que atraviesa y constituyen al sujeto político.”
Si fuera por algunos archivistas e historiadores, los libros se limitarían a la presentación esquemática de los documentos. De esta forma nos habríamos privado de la obra lírica, y no por eso menos ensayística, de Nietzsche, por ejemplo. Esto no tiene mucho arraigo, y por fortuna, ya que el formato narrativo tiende a estrechar distancias entre la materia investigada y el gran público.
Nadie ha reclamado que Capote no publicara las entrevistas realizadas para escribir A sangre fría, ni se considera que las voces de los fusilados de José León Suárez recreadas en Operación Masacre hayan sido una invención. Se prefirió la narración antes que el mamotreto documental.
Es notable que Pittaluga enuncie “mucha de la producción…” y mencione como único caso a Setentistas. En cambio tiene a mano unos cuantos ejemplos autorreferenciales para presentar los trabajos que, desde el lugar en que se erige como voz autorizada en historia reciente, considera que sí están de acuerdo con las pautas que requiere tal categoría. Obras que pertenecen a compilaciones dirigidas por Pittaluga, o sus autores han sido sus discípulos, participaron de trabajos en coautoría o son colaboradores del Cedinci, archivo valioso de la documentación de izquierdas del que Pittaluga es miembro fundador.
Sin ánimo alguno de poner en duda la integridad y formación de esos autores, ni mucho menos la calidad del Cedinci, al que se recurrió en numerosas oportunidades durante la investigación de Setentistas, de la misma manera que se consultó ese otro vasto y fundamental archivo de la historia que es el que atesora Roberto Baschetti, hay que señalar que la rigurosidad académica que exige Pittaluga se desvanece en sus propios postulados, cuando utiliza una expresión tan vaga como “mucha de la producción…” y quiere respaldar ese “mucha” con una casuística paupérrima: un solo caso. Habría sido más honesto de su parte que hubiese escrito una crítica directa al libro Setentistas.
Es interesante que un académico, docente de una de las universidades más prestigiosas de América, se haya sentido inspirado por una investigación periodística. Lástima que no haya aprovechado el espacio en esta reflexión para transmitir algo que permita orientar futuros trabajos de los más inexpertos. Parece confirmar ese lugar común que circula en los claustros: cuanto más alto llegan los académicos, menos comparten sus conocimientos con los iniciados. Lugar común que, al igual que ocurre con los ciertos rasgos setentistas en los Kirchner, por tal no deja de ser cierto.

miércoles 4 de junio de 2008

Setentistas en Cuento mi libro.com

lunes 26 de mayo de 2008

Setentistas en la Universidad Nacional de La Plata


Se realizó la presentación oficial de Setentistas: De La Plata a la Casa Rosada, el 23 de mayo en el Salón Dardo Rocha del Rectorado de la Universidad Nacional de La Plata, mismo salón donde alguna vez expusieron sus ideas Rodolfo Achem y Carlos Miguel, dos de los protagonistas de la historia que se narra en el libro. Recibidos por las autoridades de la universidad, los autores hablaron sobre los orígenes de la FURN y opinaron sobre los años 70, y los distintos abordajes históricos que existen acerca de ese período.
Sobre el final se produjo un valioso intercambio de ideas con los presentes y autoridades de la UNLP recordaron que en función de preservar la memoria, se instauró un monolito con los nombres de los casi 700 estudiantes, docentes y trabajadores universitarios desaparecidos o asesinados por la Triple A y durante la última dictadura.
En la foto, los autores junto a Vanesa Coscia, integrante junto con Fernando Guzmán del equipo de periodistas que colaboró en la investigación. A ellos también se dirigieron los agradecimientos por su aporte y entusiasmo.